Hoy quiero compartir una anécdota personal que refleja muchas de las conversaciones que, sin duda, se siguen repitiendo cuando se trata del trabajo de los camioneros y la inmigración. Este tema me toca de cerca: soy hija y hermana de camionero, por lo que la vida en la carretera, el cab, y todo lo relacionado con este mundo forma parte de mis vivencias cotidianas.
Hace poco, conversando con un familiar precisamente camionero, surgió el recurrente debate sobre la regularización de inmigrantes y la llegada de nuevos trabajadores bajo estancias por estudios. Su principal preocupación era clara: “¿Cómo se te ocurre regularizar a gente y traerlos aquí? Nos van a quitar el trabajo”. Esta percepción se ha intensificado especialmente en profesiones que ya son altamente competitivas, como la de chofer.
Lo curioso es que, durante la conversación, mi familiar argumentó: “Además, la mayoría ni siquiera habla nuestro idioma”. Le pregunté si se refería al creciente número de camioneros rumanos en el sector. Asintió. En ese momento, le recordé que estas personas son europeas, forman parte de la Unión Europea y, en consecuencia, tienen exactamente los mismos derechos laborales para trabajar aquí que cualquiera de nosotros.
Cuando la conversación viró hacia trabajadores de fuera de la UE, en concreto de Sudamérica, surgió otro aspecto interesante: “Ellos vienen aquí a hacer el trabajo que tú mismo necesitas que alguien haga, especialmente si queremos nuestras pensiones en el futuro”. Esto conectó con otro ejemplo cercano: su propio hijo está estudiando un doble grado en marketing y administración de empresas. Le pregunté cómo le iba, y me contó que, aunque está aprobando los cursos, supone un gran esfuerzo familiar, ya que estudia en una universidad privada.
Le pregunté entonces por los planes futuros: “Cuando termine la carrera, quiero mandarlo a hacer prácticas a otro país”. No pude evitar señalar la contradicción: “Te molesta que venga gente de fuera a trabajar aquí, pero ves bien que tu hijo salga a desarrollar su carrera en otro país. ¿No es lo mismo?”
Esta reflexión le hizo dudar. Le planteé: “¿Y si tu hijo quisiera quedarse allí a trabajar? ¿Cómo te gustaría que lo trataran en ese país? ¿Te gustaría que lo recibieran con el mismo doble rasero con el que aquí a veces hablamos de los que vienen trabajar?”
“Hay que pensar dos veces antes de juzgar con ese doble rasero.”
Esta conversación, tan cotidiana y real, invita a replantearnos el trato y la percepción que tenemos hacia la inmigración y la movilidad laboral. Todos queremos lo mejor para nuestras familias, pero a veces olvidamos que la historia es la misma, solo que con protagonistas distintos.
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