La idea de que los inmigrantes vienen simplemente “a buscar una paguita” es, sencillamente, racista. Vivimos en un mundo que está perdiendo la razón. Basta con observar lo que ocurre en Estados Unidos, Canadá, Alemania o en general a nivel global. Los políticos aprovechan este clima de crispación y lo utilizan como herramienta. Recientemente, la ministra de Migración calificó este discurso como populismo. La realidad es que muchos responsables políticos prefieren tener migrantes silenciados, personas que trabajen, cumplan sus horas y que, después, se mantengan invisibles. Analicemos con detenimiento esa retórica, porque es importante entender qué se busca al legislar de esta manera.
¿Faltan o sobran trabajadores en España?
En España, hace falta mano de obra. Sin embargo, parece que solo se reclaman los deberes y no los derechos de los trabajadores migrantes. Paralelamente, escuchamos que “la gente no quiere trabajar”, una queja común entre empresarios. Y lo digo desde la experiencia directa: como empresaria que ha fundado una compañía hace poco más de un año, sé lo que significa enfrentarse a nóminas, invertir todos tus ahorros y pasar momentos difíciles. No es un debate aislado.
Sin embargo, también debemos ser críticos con el discurso político: cada vez que se achacan todos los problemas a la inmigración, debemos cuestionarlo. La mayoría social de este país no apoya propuestas racistas o xenófobas, por mucho que se alce la voz desde algunos sectores.
Un problema complejo con muchas causas
La situación es mucho más compleja. Existen abusos al sistema, sí; tanto de migrantes como de nacionales. Pero también está el populismo, el deseo de señalar culpables rápidos. Por eso, no es suficiente con “no ser racista”, hay que adoptar una postura antirracista. A esto se suma otro fenómeno social: la comodidad, la pereza, que a menudo percibo en las nuevas generaciones. Puede que yo, por ser millennial, tenga una perspectiva basada en el esfuerzo y la cultura del trabajo duro, inculcada por mis padres. También experimenté la dificultad de salir de la universidad durante una crisis, y sé lo que significa luchar por ganarse el salario.
En este contexto, no entiendo de dónde surgen y por qué persisten estos discursos de odio y la incitación al drama, que no tienen razón de ser.
¿Cuál sería una política migratoria razonable?
Desde mi punto de vista —y por supuesto, admito otras opiniones— deberíamos simplificar las cosas:
- Ofrecer un permiso de estancia temporal de seis meses a quien llega.
- Durante ese tiempo, si la persona consigue un contrato de trabajo real y cumple con el mínimo exigido, se le otorga un año de residencia.
- Tras ese año, si continúa cumpliendo los requisitos, se renueva la residencia y se facilita la integración.
No hay necesidad de complejizar el proceso hasta el punto de que la gente se desespere por cruzar un océano y dejarlo todo atrás, afrontando riesgos, estafas y engaños. Muchos desconocen realmente lo que significa dejar a la familia, empezar de cero en otro país, soportar discriminación y sufrir fraudes. Esta situación la viven tanto migrantes latinoamericanos como norteamericanos; tengo clientes de Estados Unidos que han sido víctimas de estafa simplemente por ser extranjeros, bajo el prejuicio de que “el extranjero tiene dinero”.
Un trato igualitario es fundamental
En mi despacho, trato a todos por igual: me resulta irrelevante si la persona gana un millón de euros o trescientos. Mi tarifa es la misma para todos, basada en el estudio de mercado y en los valores de ética profesional. Me niego a inflar precios por el origen del cliente: eso sería ir en contra de mis principios.
Por eso, la gran pregunta es: ¿por qué tratamos distinto al inmigrante según su origen? Cuando se habla de inmigración, normalmente se piensa en quienes saltan vallas, quienes solicitan asilo, pero si la persona llega con recursos económicos, se les recibe con los brazos abiertos. Esta es la doble vara de medir que utilizan muchos políticos.
El uso político de la inmigración y el sostenimiento del sistema
Analicemos la historia: en cada crisis, los políticos recurren al mismo discurso sobre la inmigración. Pero la realidad es que, para que existan “paguitas”, la Seguridad Social debe sostenerse con cotizaciones, y recientemente se ha hecho público que el sistema está en crisis. Si no ingresan fondos, no hay prestaciones posibles.
En lugar de alimentar el miedo o el odio hacia la inmigración, deberíamos centrar el debate en cómo construir una sociedad más justa, con oportunidades y obligaciones para todos por igual.
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